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Cuando los sucesos se precipitan y el tiempo no deja cabida a las reflexiones profundas, a una no le queda más remedio que adaptarse o morir. Supongo que más por aquello de "mala hierba.." que por otra excusa digna de más altura he optado por subirme al tren en lugar de precipitarme a la vía, no siendo que con mi buena suerte en lugar de arrancármela me la dejara lisiada y vegetativa. ¡¡Esa no son formas para una heroína que se precie!!
Una de las cosas que más ha dilatado mi ausencia de este blog es la peregrina excusa de no saber por dónde empezar ni qué cosas contar o cuáles de ellas omitir. Por eso comenzaré por contaros que estoy bien, respiro, me levanto todos los días a la misma hora intempestiva y me acuesto como todo ser humano a la misma hora de siempre, en la misma cama de siempre y con el mismo sueño de siempre: ser profesora de español, allá donde me quieran aceptar.
El reloj sigue apabullándome y mis trayectos diarios se pueden resumir en: de casa a clase, de clase al trabajo y del trabajo a casa. Pero aunque pueda parecer agobiante -que lo es, ciertamente- soy feliz. Vine a Madrid a hacer un master que me supone grandes retos a diario pero también grandes satisfacciones, a pesar de haberme cargado la nota con el inoportuno chiste pragmático.
El miércoles pasado hice mis primeros pinitos como profesora de español en una escuela de idiomas, en una clase de verdad y con unos guiris de verdad. Y aunque yo la catalogaría de aburrida prefiero quedarme con las palabras de mi tutora: "Serás una gran profe de español, porque tienes buena madera".
Esfuerzos titánicos hago a menudo para poder compaginar el trabajo a media jornada con las clases, las prácticas, los trabajos y los exámenes. Creo sinceramente que no puede haber nada mejor que empezar una etapa de formación y continuar con ilusión y ganas de aprender después de tres meses. Por eso ¿cómo no voy a estar contenta a pesar de todo? y si además tenemos en cuenta que solo valoramos las cosas que nos suponen un gran esfuerzo, con más motivo me siento recompensada.
La última nota que colgaron en el aula me calificaba con un 9 y no tendría mucha importancia si no fuera porque quien valoraba el examen es uno de los mejores gramáticos de lengua española de la actualidad. Uno de esos hombres que se caracterizan por su sabiduría y su humildad y que ha conseguido que vuelva a interesarme por la "gramática parda" que algunos denominan y por la que perdí el interés -recuperado ahora nuevamente- en los tiernos años de la facultad de filología vetustense.
Por último, y antes de terminar con esta entrada tediosa os revelaré que el 2007, además de buenas notas me ha traído una sorpresa agradable: en contra de lo que he pensado muchas veces mi patata no está muerta del todo. La culpa de este descubrimiento la tiene un francés de 26 años, que me mira como si yo fuera la ensoñación del poeta ante la inspiración de su mejor composición o de un pintor ante su obra más espiritual.
Ya os dejo por hoy deseando que este año sea para vosotros mejor aun si cabe que para mí. Besos amigos.

Palabras innecesarias pero imprescindibles

“Decíamos ayer…”

Y han pasado ya dos meses. Debéis de perdonarme. Aquí el reloj se me acelera no sé por qué extraña razón y apenas tengo tiempo para vivir. Pero no me olvido -¡eso nunca!- de vosotros, mis queridos amigos y más estimados lectores. Os sorprendería saber cuantas veces a lo largo del día me viene a la boca la palabra “Asturias” y con ella todos y cada uno de vosotros, los que aún estáis y también los que os habéis ido. La entrada de hoy va precisamente de eso, de AMISTAD.
Yo sé que los que me conocéis entendéis lo que esa palabra significa para mí. Por eso, no me cansaré nunca de darle gracias al cielo, a la fortuna o a quien corresponda del beneplácito que me hace teneros por los mejores amigos del mundo.
Cuando uno está fuera se vuelve, si es posible todavía, más consciente de la suerte que tiene y cuando más a prueba se pone esta amistad. Lo mejor es que a estas alturas todavía sea capaz de dejarme boquiabierta y ojiplática.
Un amigo es el que prefiere dejarte su cama y su edredón nórdico para dormir en un colchón mugriento a ras de suelo sin tener siquiera con lo que resguardarse de las gélidas temperaturas de la meseta. Es aquel que pasa media noche disculpándose por el frío que has tenido que soportar, y cuyo único culpable es el cambio climático. Es el que te despierta con cuidado, el que es capaz de hacer un chiste después de haber dormido solo cuatro horas y además te prepara el desayuno. ¿De verdad se puede tener mejor amigo que ese? Pues sí, porque además de todo eso es un tipo divertido e inteligente, al que no le importa tener que pararse a explicarte tus vacíos intelectuales con tal de que seas capaz de seguir la conversación.
Después de esto, uno se entrega a las más profundas y repetitivas entrañas de Madrid y eleva al cielo las más excelsas plegarias para que sus amigos no desaparezcan jamás entre la multitud del tiempo y de la vida.
Así vivía yo hasta ahora, feliz porque me siento afortunada y porque por cada sitio por el que paso siempre conozco buena gente. Madrid, aunque solo sea en este sentido, tampoco podía ser menos, pero con tan buenos amigos a las espaldas uno cree que no es posible encontrar más nombres que adscribir a la lista de preferentes y entonces… “tachan”: ¡¡¡¡Sorpresa!!!!

PD.: Felices Pascuas a todos y en especial a aquellos que luchan contra viento y marea por hacer de su pasión y de sus sueños una realidad en el presente del mañana. Besos, besos, besos y más besos.

EL CHISTE (LINGÜÍSTICO)

¡¡¡SOCORRO!!! Acabo de empezar y ya he perfeccionado distintas técnicas suicidas para poner fin a ésta, mi mezquina existencia. Ahora entiendo el significado del sintagma nominal "master intensivo"; vamos que me he tenido que comprar un carrito para transportar los kilos de papel bibliográfico con que nos cargan a diario en el Instituto. Y que no se preocupen los viajeros con los que comparto el transporte público porque, consciente de la cantidad de material peligrosamente inflamable que acarreto - a veces tengo que hacer un gran esfuerzo de contención con el mechero- y sabedora de la importancia de la prevención de riesgos, he adosado el correspondiente extintor, certificado por industria y homologado por la Comunidad Europea.
En estas dos semanas de especialización ha llegado un momento en el que no solo no sé en que día vivo -lo cual no es raro en mí- sino que me entero de la materia que vamos a tratar cuando llego a clase. Esto tiene sus ventajas: cada día es una intriga misteriosa que descubrir, eso que llaman aquí un "vacío de información" que ha de generar interés, luego motivación al mismo tiempo, en el alumno y que a mí en cambio me desmoraliza más que otra cosa. Y por otra parte tiene sus inconvenientes: nunca llevo el material adecuado. Sólo me consuela saber que otros ni llegan.
Sí, estoy agobiada francamente, y encima parece que no estoy haciendo muchos amigos. ¿Los compañeros? No, no son tan malos, bichitos raros como yo, así que estoy en mi salsa. A Daniel, el gracioso, ya os lo presenté en la última entrada y por ahora solo os hablaré de Bea. Aún no he encontrado un epíteto para ella. Lo poco que puedo decir es que tiene un semblante enfermizo y ojeroso, que unos días viene con la sonrisa pintada y otros días la sonrisa no le pinta nada. ¿Qué tal "Bea bipolar"? Me gusta, sí. Esto de que el narrador pueda crear a su antojo le da a una sensación de poder que ... Por hoy ya basta de compañeros, que tengo el índice de perversión excesivamente elevado y luego tal vez lo lamente.
Lo del chiste viene por lo que me ocurrió uno de los días de la semana pasada. Sé que no ignoráis la filosofía que envuelve a la institución en la que estoy agotando las que tal vez sean las últimas horas de mi juventud.
Pues bien, con semejante filosofía del proceso enseñanza-aprendizaje y con la pretensión de que quienes sobrevivan a octubre del año próximo salgan de aquí siendo unos perfectos docentes con un enfoque comunicativo orientado a las tareas y contenidos, nos desayunamos el viernes con la siguiente situación. Y voy a contextualizar no sea que el protagonista de la hazaña educativa se moleste.
Estamos en plena clase de PRAGMÁTICA -esa gran desconocida- y después de tres horas de "actos de habla", "cortesía verbal", "principio de cooperación" se abre el STT, esto es, el tiempo del alumno o lo que es lo mismo, el bombardeo de preguntas para resolver dudas. Todos sabemos que la teoría del profesor comunicativo que busca el aprendizaje significativo muchas veces no es ni la mitad de idealista que el propósito quijotesco de "desfaçer entuertos". Los intereses de alumnos y profesores pueden llegar a chocar frontalmente en algunos momentos puntuales, pero en nuestro caso fue como si descarrilara un tren.
El lingüista - y que conste que no lo digo con tono peyorativo- iniciaba el tema de la teoría de la relevancia después de haber cortado de forma un poco brusca, y yo diría que hasta descortés, a un compañero. ¿La causa? la de siempre: le echamos la culpa a Cronos y nos quedamos tan panchos. Ahora vosotros, futuros profesores de LE, tenéis que aprender a secuenciar y organizar muy bien el tiempo de las clases porque es fundamental para la consecución de objetivos.
Pero el profe es la autoridad en el aula así que, de forma consensuada y democrática, cerramos el interrogatorio, nos guardamos las dudas -como tantas otras veces- y nos dispusimos a ser todo oídos, y otras todo orejas.
Fue entonces cuando nos quedamos ojipláticos, estaba malgastando nuestro tiempo de resolución de dudas en contarnos anécdotas biográficas de los autores de la teoría de la relevancia.
Confieso que no sé de dónde me nacen a mí estos impulsos tardíos de revolucionaria trasnochada que no me asaltaron en mi época de universitaria, pero no lo puede evitar. Mi brazo no era mío, movida por un resorte diabólico me vi allí, haciéndole la pregunta que con toda seguridad me valdrá el suspenso. Le dije:

-¿Disculpe es que... no entiendo... esto de que nos cuente la vida de Sperber y Wilson tiene alguna relevancia o ...? ¿Es pertinente para comprender después la teoría?

El hombre salió como pudo de la encrucijada, como buen pragmático, y haciendo gala de la "teoría de la cortesía verbal" que no se había preocupado por poner en práctica para contar a uno de los compañeros en nuestro turno de preguntas, me contestó con excusas educadas y políticamente correctas. Al terminar la clase, cuando yo ya casi lo había olvidado; murmullos, revuelos, olé me dijo la sevillana. Vamos que casi me dan las dos orejas y el rabo.

Mira que si salgo a hombros por la puerta grande del Instituto por tan bochornosa hazaña... El próximo día muda, ¡¡qué se moje otro!!

¡¡¡¡LA PILARICA HACE ESTRAGOS!!!!

Aquí estoy de nuevo, después de un puente frenético y un viaje de más de ocho horas. Sí, mis queridos y pacientes amigos: es lo que tiene vivir en esta selva de podredumbre inhumana. Madrid es lo mejor o lo peor, pero ese es otro tema. En fin...
Subí a Asturias a por la ropa de abrigo y para ver a la gente que bien me quiere, y por supuesto mereció la pena. El viaje fue divertido, aunque no creo que Vero sea de mi mismo parecer, porque quien la conoce sabe que viajar con Bibi es toda una aventura.
Habíamos quedado a las once en casa de mi amiga, pero como siempre llegué tarde. Haciendo un poco de "autoapología", he de decir en mi defensa que cuando uno lleva equipaje durante más de una hora y cuarto, tiene derecho a llegar tarde diez minutos.
Seguro que esto os ha ocurrido alguna vez: cuando uno necesita unas escaleras mecánicas es precisamente cuando están estropeadas. Me lo tomé con filosofía por que al fin y al cabo ¡Me voy a Asturias! Lo gracioso es que mi amiga no contestaba ni al micro ni al teléfono móvil y yo allí tirada, en mitad de Malasaña con una maleta descomunal y un indigente en el banco de enfrente desayunando cerveza. Pues sí ¿ qué pasa? Soy de pueblo y estas situaciones me inquietan
Cuando por fin conseguí despertarla, sin recurrir a la policía ni violentar al resto de sus compañeros de piso, el retraso en el programa de nuestro viaje ya pasaba de los cuarenta minutos. Reconozco que me costó poco ceder a su invitación de cafeína matinal y no mojé las chucherías que me ofrecía, porque después de haber desayunado me parecía cometer gula y eso está feo.
Nos pusimos en camino sin mayores complicaciones; tres asturianas hacia la tierrina. Vero quería renovar su fondo de armario, Bibi debía embalar el ordenador de mesa, y yo recoger la mitad de la ropa que no sé como pude olvidar ¿o sí?, y todo eso embutirlo en su "clásico" 205 -aquel cuyo slogan era ¡contigo al fin del mundo!- para volver a Madrid el domingo por la tarde.
Verónica no quiso regresar en el coche con nosotras, acaso con cierta clarividencia premonitoria contra el embotellamiento. Supongo que algo influiría el hecho de que Bibi fumara, hablara por el móvil y comiera un bocadillo mientras conducía. No obstante, nos reímos mucho con Vero, o al menos yo, cuando nos preguntó si la podían multar por no llevar el cinturón puesto. Es difícil que te multen por eso si el vehículo no los lleva de serie en los asientos traseros, y que conste que le contestamos con educación y sin recochineos.
Los días en Asturias fueron para los encuentros con amigos (muchos) y familia (la poca que aún resiste). Moriyón sigue conservando el mismo encanto, la noche gijonesa sigue siendo la que más me gusta y los maliayos tan raritos como de costumbre.
Volver ha sido duro y mi cara de pocos amigos puede haber sido la causa de que hoy el café me lo haya tenido que tomar sola. Eso o, que como decía la ficha que me pegaron en la espalda para hacer una de esas dinámicas de aula tan adecuadas para romper el hielo, me ha abandonado el desodorante. Francamente me importa tres pepinos lo que piensen mis compañeros de master. Hemos venido al Cervantes a competir y lo sabemos, así que cuanto menos sentimentalismos mejor.
Por lo pronto ya se van repartiendo los roles y de momento puedo hablaros de Daniel el gracioso. Un muchacho fornido que pasó seis años en EEUU dando clases de español y que ahora ha decidido venir a amenizarnos las clases con sus chistes mejor o peor traídos.
Creo que empiezo a despotricar más de la cuenta así que me iré a descansar y mañana después del batido revitalizador volveré para contaros las nuevas, si es que haberlas haylas.

DE ENSOÑACIONES Y BAGATELAS

Si me concentro y cierro los ojos creo que puedo reconstruir el momento exacto en el que descubrí la única pasión verdadera de mi vida. Tenía dieciseis años y jugaba a leer poesía. Cernuda me reveló que había mucho de mí misma en sus versos, y aún hoy me produce jactancia descubrir, al releer La realidad y el deseo, lo poco que he cambiado.
Yo no tengo filosofía, teoría o plan de vida definido, muy al contrario; ¡todo me parece tan variable como el tipo de interés de una hipoteca! Pero si hay algo por lo que me atrevería a poner la mano en el fuego es por ella. Por ella me matriculé en la universidad, por ella he trasnochado las más de las noches, cogida de su mano he viajado hasta lugares maravillosos, con ella he llorado, he sufrido y he gozado, a través de sus ojos he visto el mundo y en su espejo he observado mi alma desnuda.
Siempre he pensado que la pasión por la vida es lo único que nos salva de ser cadavéricos autómatas, muertos en vida, figurantes en el gran teatro del mundo. Esa pasión por la vida puede focalizarse de infinitas formas, cada cual con la suya y yo con mi literatura hasta el fin de los días.
Sin embargo, no es todo tan maravilloso como puede parecer a simple vista: que uno tenga una pasión es una cosa y querer hacer de ella tu modo de vida es otra bien distinta. Hay gente que tiene que renunciar hasta a los sentimientos y doy fe de que es duro, sobre todo con una pasión tan fuerte corriéndote por las venas. A veces creo que en lugar de sangre yo tengo letras.
Cuando pienso en que hoy, como ayer, como mañana, como siempre he cogido mi petate y he dejado familia y amigos en busca de un futuro incierto, me pregunto si no se me habrá secado el seso como a Don Quijote -¡ y eso que yo no he leído ni la mitad que el hidalgo!
No, no he dicho que me arrepienta. Eso jamás. Hace muchos años que supe que quería dedicarme a la docencia a cualquier precio. Aquella antigua resolución me ha traído hasta donde estoy ahora y desearía que me llevara mucho más allá.
Un buen amigo y mejor filólogo me recomendó en este mismo blog El retrato de un artista adolescente, para que consiguiera liberarme del abrazo del terruño. Cuando comencé a leerla no entendía qué podía tener esta obra para ser su novela favorita y menos aún qué podía tener que ver con mi situación particular. Luego descubrí que encerrada entre sus páginas había una niñez lapidada para mí hace años. ¡Ilusa de mí! Creer que no pensar en algo significa olvidarlo. La educación religiosa de Stephen y el colegio en el que yo estudié... En fin, no quisiera resucitar viejos demonios. Lo que intento contaros es que creo que sé lo que quería decirme mi buen amigo al recomendarme esta novela. Ahí van unas palabras:

"[...]¡ Partir, pues! ¡Era el tiempo de partir! Una voz estaba acosando en voz baja al solitario corazón de Stephen, invitándole a partir y anunciándole que aquella amistad estaba tocando su término. Sí: se iría.[...]

[...] Descubrir una manera de vida o arte, en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad.[...]

[...] No me da miedo de estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni abandonar lo que tenga que abandonar, sea lo que sea. No me da miedo cometer un error, aunque sea un error de importancia, un error de por vida, tan largo tal vez como la misma eternidad.[...]

Sigo teniendo muchas dudas y temores, porque yo nací para dudar (Descartes y yo hubiéramos hechos buenas migas). Pero lo importante es que estoy aquí y he venido a luchar por un sueño y como diría Tito Livio:

- "Cuando la situación es adversa y la esperanza poca, las determinaciones drásticas son las más seguras".

El lunes entraré en el Cervantes con la cabeza alta y saldré con el ánimo por los suelos, porque me conozco, pero seguro que el segundo día estará mejor.

BESOS CALAMARES!!!

Los primeros días aquí.

Los planes que me había formado se han visto trastocados de principio a fin. Me tomé la partida desde el primer momento como una especie de éxodo o como un viaje iniciático. Por eso, creí que la mejor manera de llegar era hacerlo en la serpiente de metal y apostarme con todo el equipaje en el andén de Chamartin a la espera de que mi hermano, el afgano, y todos sus compañeros de escuadrilla si hiciera falta, me ayudaran desinteresadamente a mover los kilos de ropas, libros, cosméticos y demás parafernalia que me pareció imprescindibles a la hora de sobrevivir en Madrid.
Menos mal que actuó la cordura y al final aproveche su "casual" visita a Asturias -intuyo que más que por llevarme a Madrid para ver a mis padres- ahorrándome esas pelillas que tanta falta me hacen. Lo cierto es que por un motivo o por otro, me vino muy bien al menos para el transporte del equipaje, puesto que por lo que al viaje se refiere, en lugar de ser momento para la reflexión y el recogimiento interior se convirtió en el tiempo de la añorada Caponata, esto es, la vuelta a la infancia: a la izquierda Rodrigo de 5 años y aquejado de "pelusa" y a la derecha Pelayo de dos y sufriendo dolor de encías.
Ya sabéis que yo me dejé el instinto maternal olvidado en la última visita al ginecólogo. Sin embargo, no sé si fue por la nueva etapa que comienzo o porque ese día me encontraba especialmente participativa, pero allí estaba yo, cantando a voz en grito Lola Lombriz, Pica Pica pollito y los éxitos de Miliky y los payasos de la tele. Hubiera sido un documento gráfico extraordinario, ¡¡lástima que no llevara una cámara entre mi modesto equipaje!!
¿Cómo fue la llegada a Madrid? Siento decepcionaros, pero mi falta de costumbre a tratar con infantes me fatigó de tal manera que el desfallecimiento me sobrevino en algún lugar de la sierra y no llegué a ver el cartel de "Bienvenido a la Comunidad de Madrid". Espero que no sea esto un signo de mal agüero, por si acaso prometo estar más atenta la próxima vez.
La primera jornada aquí transcurrió como una resaca. Si durante los últimos días vivía con los pies en Asturias y la cabeza en Madrid, el lunes mi mente parecía una memoria electrónica procesando datos: el verano, los amigos, La Villa, la gente de la universidad; terminé echando humo y, eso sí, dormí del tirón.
El martes fui a por el famoso "abono de transportes", célebérrima e imprescindible cartulina roja, que te permite viajar por todos los lugares que se encuentren dentro del perímetro que previo pago hayas abonado. A continuación lo primero que hice fue probarlo, no sea que estuviera defectuoso y me viera obligada a presentar la oportuna reclamación. Cogí el metro, llegué hasta el intercambiador más cercano y en la estación de Vicálvaro me subí en el tren con destino a Guadalajara. Empleé una hora de reloj para hacer el trayecto desde casa hasta la puerta del Instituto, tiempo que en el futuro emplearé en algo más productivo que escrutar con desconfianza a todo aquel que osaba a acercarse a más de media metro de mi bolso.
Una vez ubicado el Instituto Cervantes y calculado el tiempo del trayecto, me dediqué a vagabundear por las calles de Alcalá de Henares, ciudad hermosa. Desde la primera vez que la vi sospeché que me gustaría y creo que no miento si digo que llegaré a enamorarme de ella. La última vez que tuve el placer de visitarla, tenía un rostro bien distinto, engalanada como estaba de siglo XVI, con sus galeotes, su retablo de Maese Pedro y su mercado medieval (o al menos eso decían los folletos de la semana cervantina). Solo tuve tiempo para homenajes modestos y el que me dejó mejor sabor de boca fue visitar, como a hurtadillas, la casa natal del autor de "Las Novelas Ejemplares". Creo que será para mí el lugar místico al que acudir en busca de inspiración durante los largos días de escritura de la tesis, aunque no sea más que una cuidada reconstrucción de una vivienda al uso de la época, porque como casa natal del ilustre Don Miguel me pareció más falsa que un billete de 300€.

El arte de componer ripios

CARLA SE VA A MADRID



Te vas pa la capi Carla
al Instituto del manco
a aprender en algún Master
cómo enseñar a extranjeros
a leer al de Lepanto.

Es posible que te pierdas
entre tanto cultureta
que entre adjetivo y pronombre
te enseñará la bragueta ...

Pero tú eres pispa, Carla,
selecciona al personal;
enamora a algún poeta
a punto de publicar
y sé musa de sus versos
conjugando el verbo amar

Te vas ...
en tu momento más bello
tus caderas ... tu cabello.
Cervantes tomará un viagra
y como en un abracadabra
se levantará a buscarte
pronunciando enta palabra:
-¿ Dónde estabas asturiana
cuando en Argel, por zote,
entre basura y moracos
escribí aquel Don Quijote
que sólo interesa a Alarcos?

En pocos años te veo
en la Academia de Lengua
trepando por sus sillones...
soltándote la melena.

Olvidarás esta beca,
a Fausto que te quería...
olvidarás a aquel hombre,
el que vendía lejía...
a tus padres, tus hermanos,
a aquel triste fontanero
que un día cambió tu vida.
De mi recordarás tan solo
estos versos y este día
pero lo que seguro siempre
no olvidarás mientras vivas,
aunque ganes el planeta
o toque la lotería,
serán los pasteles ricos
que fabricaba tu padre
en aquel tu primer oficio
de aquella pastelería.

En fin, que te vaya bien,
suerte en todo y a aprender,
ven a vernos algún día
cuando acabes el MASTÉR.

(Nosotros no te olvidaremos)

BIBLIOTECA DE TECNOLOGÍA Y EMPRESA.
UNIVERSIDAD DE OVIEDO.
SEPTIEMBRE DE 2006.


Este, mis queridos amigos, es un pequeño homenaje a todo el personal de la BTE -que por extensión se podría aplicar a todas las personas a las que he conocido en mi paso por la Universidad de Oviedo- por haberme soportado durante las tardes de 2 largos años. Siento que tengo una gran deuda con esta casa y espero que los éxitos profesionales sean la mejor forma de condonarla.
Aunque terminé la beca en la biblio hace más de un año aún no nos habíamos despedido. Estos versos fueron leídos en la cena del pasado día 28/09/2006 por el mejor compositor de ripios que conozco el ilustre D. Jose Antonio Neira.

Hasta pronto amigos!!! La próxima desde Madrid!!

¡ Adios! ¡Adios!




Fonseca

Adios, adios, adios, Oviedo de mi querer
donde con ilusión mi carrera estudié.
Adios mi universidad, cuyo reloj no volveré a escuchar.
Adios, vieja facultad, hoy ya me voy y no vuelvo más.
Las calles están mojadas, y parece que llovió
son lágrimas de una niña, por el amor que perdió.
Triste y sola, sola se queda Fonseca,
triste y sola queda la Universidad.
Y los libros, y los libros empeñados
en el monte, en el monte de piedad.
No te acuerdas cuando te decia
a la pálida luz de la Luna
yo no puedo querer más que a una
y esa una mi vida eres tú.
Triste y sola, sola se queda Fonseca,
triste y sola queda la Universidad.
Y los libros, y los libros empeñados
en el monte, en el monte de piedad.
en el monte, en el monte de piedad.

La estulticia

Los tontos son legión. Esta observación que viene confirmada por la autoridad de Dios en Eclesiastes 1,15 (como si hiciera falta revelación de tal perogrullada) es empleada por Santo Tomás de Aquino a lo largo y ancho de su Opera Omnia.
Los acontecimientos de los últimos días, desde lo personal a lo profesional, me han hecho reflexionar sobre esta cuestión y es que, si como bien sentencia Salomón " stultorum infinitus est numerus", yo me pregunto: ¿los que nos movemos entre ellos -y aún nos consideramos "sanos"- correremos peligro de contagio?
Dice el santo que un factor importante en la caracterización de la tontería está la ausencia de sensibilidad, pudiendo ser además pecaminoso. Esa carencia de sensibilidad les lleva a cometer errores crasos, muy gordos y groseros, puesto que el stolidus es incapaz de relacionar el efecto a su causa.
Seguro que todos vosotros conocéis a alguien que viste este traje y al que además le sienta como un guante. Yo por suerte creía que la tontería era solo un estado transitorio hasta que conocí a mi última compañera de beca. En fin, corramos un "estúpido" velo sobre la anécdota particular y sigamos el consejo de Santo Tomás:

"Primero, hay que recordar que entre las obras de misericordia, de las siete "limosnas espirituales", tres guardan relación más o menos directa con nuestro tema: soportar a los molestos (portare onerosos et graves), enseñar al que no sabe (docere ignorantem) y dar buen consejo al que lo ha menester (consulere dubitanti)".


PD.: Creo que a mí no me salva ni ... hemos compartido demasiadas horas de oficina. Vosotros aún estáis a tiempo cuidaos de la estulticia que ha sido siempre el peor defecto de los necios.

Respuesta

RESPUESTA

Lo cretino, en ti,
No excluye lo ruin.

Lo ruin, en tu sino,
No excluye lo cretino.

Así que eres, en fin,
Tan cretino como ruin.

Para qué extenderme en idas y venidas de palabrería inútil, si, al fin y la postre, el poeta lo expresa tan correctamente, con distancia aséptica, sin pose ni amaneramiento fútil.
Está bien, está bien, os intentaré contar de la forma más objetiva posible -si es que dicha narración existe- lo que me ocurrió éste último fin de semana, y que seáis vosotros los que juzguéis si la Respuesta del poeta de la Desolación de la quimera está o no bien traída.

El sábado celebré mi aniversario con las amigas de siempre, esas amigas por las que han ido transcurriendo los años, dejando como única huella del tempus fugit la forja de una gran camaradería. La diferencia, entre el ayer - allá por los lejanos años del despertar a la pubertad- y el hoy, es que, entonces creíamos saberlo todo y ahora nos sorprendemos de que no hay mejor universidad que la propia vida. Las reuniones cada día más lejanas, aunque no por ello menos sustanciosas, tienen lugar una vez al mes aproximadamente. Y en agosto me tocaba a mí ser la anfitriona, así que desplegué toda la artillería de cocina y les preparé la mejor cena que hemos tenido en mucho tiempo, con la ayuda, por supuesto, de mi santa madre, cuya artística restauración no tiene nada que envidiar a la del famoso Adriá ese. Para ubicar tan gran acontecimiento decidí invitarlas al "rancho", habitáculo al que me he trasladado, como bien sabéis, a principios del mes de julio.
Todo salió a pedir de boca, salvo por el ligero retraso, fruto de una prolongada siesta vespertina, que me hizo llegar media hora después de lo previsto a la Plaza del Parchís. Fue fácil aplacar la ira de la vehemente Erika, que me lanzaba cuchillos por los ojos; alargué mi mano y le ofrecí las llaves del descapotable, su mirada, tras el asombro inicial, se volvió tan mansa y apacible que se asemejaba a la del repentino regusto de un opiáceo; ni una palabra más alta que la otra.
Hubo sidra, cena opípara y a los postres... una sorpresa, además de la tarta, claro. Mientras nos dirigíamos a Moriyón, a la altura de lo que los Maliayos llaman "Plaza del huevo" -El ayuntamiento, para los foráneos- me vi obligada a parar el coche para saludar a un grupo de muchachos, con los que el fin de semana anterior habíamos pasado una bonita velada, los cuales, al ver tanta moza junta, se interesaron por nuestro itinerario.
Una vez cumplido el requerimiento continuamos sin más nuestro camino, pero, al llegar a la cabaña, la insistencia del consejo de sabias, me hizo enviar un mensaje a los muchachos para invitarles a unirse a nuestra fiesta: ¡mujer, a la tarta y al café aunque sea!, me dijeron. En menos de 15 minutos teníamos sentados a nuestra mesa a dos piragüistas y a un bombero. Juro por Dios, que aunque me moría de ganas de estar con él yo no quería llamarle, era una noche para chicas y al final... Al final, ellas acabaron en Gijón y yo me quedé con mi piragüista en la villa, pese a que al día siguiente, el domingo, debía competir en los campeonatos de España, que se celebraban en Trasona. Debe ser muy bueno -con la pala, quiero decir- porque, con todo, quedó sexto.
El domingo lo empleé en el descanso reconfortante y en el deleitoso recuerdo de la noche anterior, pero a eso de las nueve de la noche llamó a mi puerta el ínclito Tomás -el ex, para los descolgados.
El atardecer cayó sobre la Villa, dejando ese refresquito de chaquetilla tan asturiano y, aprovechando la coyuntura, me permití disimular con un jersey de cuello cisne los restos de la concupiscencia nocturna, por aquello de que una debe ser recatada, como obliga la moral católica en la que he sido tan mal educada.
Nos fuimos juntos, como hemos hecho otras tantas veces, a pasear el perro y a charlar de nuestras cosas, y todo parecía estar en su lugar, es decir, donde había quedado la última vez, por eso la invitación a cenar me pareció de lo más inofensiva.
No hay muchos sitios donde cenar en mi pueblo, así que optamos por el menú italiano y nos sentamos en la terraza de la pizzería de mi barrio. Al principio, hasta que llegó el primer plato, sus palabras eran suaves, de amante dócil, y acariciaban mis oídos, pero cuando empecé a hincarle el diente a aquella pizza humeante y sabrosa, comenzó el desfile de improperios. Aguanté como pude el tirón engullendo sin respirar, hasta que me dijo:

- Quiero que sepas, puesto que te vas, tres cosas que nunca me han gustado de ti:

1. Que fumes, porque perjudica tu salud.
2. Que nunca te quitaras el tatuaje, aunque insistí por activa y por pasiva en que lo hicieras.
3. Y que pasarás a la historia, sexualmente hablando, por la novia más fría que he tenido.

Debió de quedarme un trozo de pizza atascado en el gañote, porque lo cierto es que no tuve palabras, a pesar de que mi interior era un Etna a punto de estallar. Al café me preguntó: -¿Me llamarás, cuando estés en Madrid? Y yo le contesté: - por supuesto, cómo no.
No creáis, ni por un momento, que mi enojo vino causado por sus palabras. Al fin y al cabo él es el abandonado; está en su derecho al pataleo y si no estuviera enfadado significaría que nunca me ha amado. La ira que me dominó durante más de dos días, vino causada por mi moral puritana; esa contra la que lucho día tras día, esa según la cual la piedad cristiana ha de perdonar hasta setenta veces siete al semejante que te hiere. Aún no he podido perdonar su desatino y por lo tanto soy incapaz de ser clemente con mi impiedad. Hoy no me siento más persona que cualquier chucho callejero - con todos mis respetos para los canes. Si vosotros pudierais ponerme una penitencia, al menos podría dormir tranquila.